Actualmente existe una variedad de definiciones del término “alimentos funcionales“, generadas por diferentes organismos, que conviene analizar para establecer un marco conceptual que permita estudiar los efectos del consumo de estos alimentos en el contexto de la actual situación epidemiológica de la población. El Consejo de Nutrición y Alimentación de la Academia de Ciencias de los Estados Unidos los define como «alimentos modificados o que contengan un ingrediente que demuestre una acción que incremente el bienestar del individuo o disminuya los riesgos de enfermedades, más allá de la función tradicional de los nutrientes que contiene». Por otra parte, el International Life Sciences Institute (ILSI) los define como «alimentos que, por virtud de la presencia de componentes fisiológicamente activos, proveen beneficios para la salud, más allá de la acción clásica de los nutrientes». Estas definiciones son genéricas, lo que permite que cualquier alimento pueda cumplir con las condiciones de la definición y de esta forma el término funcional pierde su especificidad. El Centro de Información Internacional de Alimentos (IFIC) los define como «aquellos productos a los cuales intencionalmente se les adiciona un compuesto específico para incrementar sus propiedades saludables» y define como alimentos saludables a aquellos que, en su estado natural o con un mínimo de procesamiento, tienen compuestos con propiedades beneficiosas para la salud. En este sentido, nos parece acertado que los alimentos naturales que cumplen con estas propiedades se llamen alimentos saludables, y precisar el uso del término funcional a aquellos que han experimentado algún cambio por el procesamiento que conlleve un aumento de sus propiedades saludables. La perspectiva europea de los alimentos funcionales difiere de la norteamericana, que los incorpora en el grupo de los «nutracéuticos». En consecuencia, en Europa el concepto sólo se aplica a alimentos que constituyen habitualmente parte de la dieta y excluye su consumo en forma de cápsulas, comprimidos u otras formas farmacéuticas. La definición general más básica podría definirlos como aquellos alimentos naturales o procesados que, además de satisfacer las necesidades nutricionales básicas, proporcionan beneficios para la salud o reducen el riesgo de padecer enfermedades. En las últimas décadas, los investigadores han comenzado a identificar de forma aislada los componentes que hacen que un alimento sea funcional y determinar los beneficios concretos que estos proporcionan a nuestro organismo. Sin embargo, es bien sabido que los estudios sobre componentes individuales o mezclas de los mismos suelen ser muy variables y diferentes a los que aporta el alimento que los contiene. Básicamente suele producirse porque las interacciones entre compuestos son muy complejas. Algunos de los efectos de estos compuestos pueden ser aditivos, sinérgicos, potenciadores, inhibidores, neutralizantes o antagonistas, entre otros.  Los componentes funcionales más destacados son: fibra dietética, azúcares de bajo aporte energético, aminoácidos, ácidos grasos insaturados, fitoesteroles, vitaminas y minerales, bacterias ácido-lácticas, sustancias estimulantes o tranquilizantes y antioxidantes.

 

Si bien, es sabido que la funcionalidad de estos ingredientes depende de muchos factores tales como la estabilidad del ingrediente, la formulación en el alimento y los procesos tecnológicos como el tratamiento térmico, fermentación, secado o envasado. Además, para que sean considerados como tal, deben cumplir una serie de condiciones, tales como:

– Ser alimentos basados en ingredientes naturales

– Ser alientos que se consuman dentro de la dieta diaria

– Ser alimentos que, al consumirse, cumplan una serie de funciones en nuestro organismo, como la mejora de mecanismos de defensa biológica, prevención o recuperación de alguna enfermedad específica, control de condiciones físicas y/o retardo del proceso de envejecimiento.